Lo que no podemos dejar de saber

Por Marcela Guerrero

La época en la que vivimos hace que las ciencias estén abocadas a la búsqueda constante del desarrollo del potencial humano, el cual está directamente relacionado con el complejo accionar del sistema nervioso central y del cerebro en conjunción con las influencias del medioambiente.
Lo que comemos, lo que hacemos, nuestra calidad de vida y nuestros afectos influyen en nuestro cerebro, órgano hipersensible a las carencias físicas y afectivas. En el cerebro confluye lo que una persona fue, es y puede llegar a ser, en estrecha relación con las circunstancias ambientales. Se sabe que no es en el corazón donde se ubica la predisposición a amar, perdonar, tener miedo, ser pesimista o ver la vida con alegría. Es el cerebro el motor de todas estas capacidades y habilidades. Biológicamente todos los cerebros tienen rasgos similares, pero también son diferentes, moldeados por la interacción con el contexto social. En los primeros veinte años de vida se ponen en juego información y mecanismos cognitivos, emocionales y lingüísticos que se constituyen en ladrillos fundamentales de nuestro sistema nervioso, aun desde el útero materno. Estos componentes y conexiones evolucionan y se reformulan a lo largo de los años. Las neurociencias aportan al campo pedagógico conocimientos fundamentales acerca de las bases neuronales del aprendizaje, de la memoria, de la atención y de la comprensión. Todo agente educativo debiera conocer y entender cómo aprende el cerebro, cómo procesa y almacena, cómo es frágil frente a determinados estímulos. En este sentido es un requisito indispensable para la innovación pedagógica que los educadores se relacionen directamente con el conocimiento del “cómo aprendemos”, en su rol transformador. En el cerebro encontramos la respuesta no solo a las estructuras mentales del alumno sino a las del maestro. Cabe destacar que, cuando se vincula la ciencia con el aprendizaje, debemos discriminar lo que está validado, los supuestos y los conceptos que se han ido esparciendo como “neuromitos”. Lo más importante para un educador es comprender que, a través de nuestras planificaciones, palabras, emociones y actitudes, ejercemos una enorme influencia en el desarrollo del cerebro de nuestros alumnos. Empaparse en este campo no implica llevar la investigación a las esferas de la medicina sino tener presentes principios básicos que ahondan en la forma de aprender-enseñar eficaz en relación con el funcionamiento de este órgano.


¿Qué es importante saber?
El proceso de aprendizaje no solo involucra al cerebro sino a todo el cuerpo. Es el cerebro el receptor de estímulos y se encarga de seleccionarlos, priorizarlos, invocarlos, entre muchísimas funciones.
El cerebro es el único órgano capaz de aprender y enseñarse a sí mismo de acuerdo con su enorme capacidad plástica. La sinapsis neuronal permite que el humano aprenda segundo tras segundo.
El cerebro aprende a través de patrones: los detecta, los aprende y encuentra un sentido para utilizarlos según las necesidades. Para esto usa mecanismos conscientes y no conscientes. El docente, con sus actitudes e intervenciones, cumple un rol fundamental en este aspecto.
Las emociones y las habilidades cognitivas interactúan y condicionan la capacidad de razonamiento, la memoria, la disposición hacia el aprendizaje. Un educador emocionalmente inteligente y un clima áulico favorable son factores primordiales.
Integridad cuerpo-cerebro. El movimiento, la exploración por medio de los sentidos y las experiencias directas estimulan el desarrollo global y particular de todas las habilidades cognitivas.
El cerebro aprende de diferentes formas, desde diferentes vías. Esta concepción de multiplicidad de inteligencias interconectadas entre sí permite que los alumnos utilicen diferentes recursos para el aprendizaje, fortalecidos por la variedad de estrategias y elementos del entorno que les ofrece el docente. Una clase programada de esta manera es una excelente oportunidad. Sería importante considerar que, además de aprender de forma visual, auditiva, lingüística y lógica, los niños tienen la capacidad de aprender de manera analítica, global, emocional, impulsiva, conceptual, intra- e interpersonalmente. Las experiencias que permiten percibir el mundo a través de todos nuestros sentidos hacen que el aprendizaje sea más significativo.
La alimentación y el sueño son grandes condicionantes. La falta o carencia de una alimentación adecuada, el estrés, como así también la higiene del sueño, pueden alterar la organización, la formación y el funcionamiento cerebral. Si quiere aportar asertivamente al proceso pedagógico, el docente debería obtener la mayor información posible acerca de la historia de vida de sus alumnos: factores de índole genética, el entorno socioeconómico y cultural, el ambiente emocional y las carencias o excesos que atentan contra su salud.
Capacidad ilimitada para guardar información. El cerebro tiene diferentes sistemas de memoria que pueden almacenar desde una pequeña cantidad de datos a un número ilimitado. Estas dependen de fa ctores exógenos y endógenos, de las experiencias y de la metodología utilizada por el maestro. Conocer cómo se da el proceso de adquisición, almacenamiento y evolución permitirá elaborar propuestas con frecuencia, intensidad y duración adecuadas.
El desarrollo se da en un proceso gradual. El nivel de madurez individual ha de ser respetado y tenido en cuenta al momento de generar propuestas de aprendizaje. Se aconseja ir de lo más simple y concreto a lo más abstracto y complejo. La madurez está estrechamente vinculada con el desarrollo de las zonas subcorticales del sistema nervioso.

La multiplicidad de particularidades que encierra el conocimiento del sistema nervioso y del cerebro al servicio de la educación no puede ser jamás motivo de análisis de un solo artículo. Lo que mueve esta reflexión es tomar conciencia de que para transformar hay que transformarse, para conocer hay que conocerse y para marcar cambios hay que propiciarlos. Con el objetivo de marcar diferencias y promover el desarrollo del ser humano en este nuevo milenio, partamos de la premisa de que las conductas de un niño son el resultado de un ensamblaje de múltiples componentes que se combinan con libertad de un momento a otro. Las influencias pueden modificarse a través de intervenciones debidamente diseñadas, implementadas y evaluadas, y en esto el nivel de involucramiento de los docentes es trascendental.

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Una respuesta a Lo que no podemos dejar de saber

  1. Ana María Schab dijo:

    Excelente loo del acuerdo de convivencia. Me va a servir mucho. Gracias

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